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¿Y si decoráramos un poco?

Sphère de verre turquoise posée sur un drapé écru, près d'une fenêtre

Dos pequeños sofás de color turquesa, mi color preferido, uno frente al otro, una alfombra entre ambos. Una mesita baja con, al alcance de la mano, agua, una caja de pañuelos, lápices, algunos bombones. En la sala, algunos muebles ligeros, estanterías de libros, adornos, bonitos objetos, recuerdos de viajes lejanos. En la pared que da al sofá n.º 1 he colgado mis diplomas. Mi pañuelo y un bloc indican que el sofá n.º 2 es mi sitio.

Me importa que las personas a las que acompaño se sientan cómodas en mi despacho, por eso cuido mucho la decoración y la atmósfera. Hago lo posible para que se sientan acogidas, valoradas, seguras, para que cada uno, ellos y yo, pueda trabajar lo mejor posible.

Sin embargo, no se trata solo de objetos bonitos, de comodidad o de decoración. Mi despacho es ante todo, y exclusivamente, un espacio de trabajo y, como tal, es un dispositivo, estudiado y preciso.

En un espacio profesional dedicado, destinado a acoger personas, nada debe dejarse al azar, porque cada elemento es significativo: los colores, los materiales, los accesorios, los muebles. Su disposición unos respecto a otros es fundamental. Mesa baja: comunicación; mesa alta: trabajo. Silla, sillón, sofá: tres estatus distintos para quienes se sienten, tres maneras diferentes de convocar el corazón, el cuerpo y la cabeza.

En mi despacho los sofás están uno frente al otro, es cierto, pero no del todo; me siento siempre ligeramente desplazada respecto a mi cliente, para evitar la confrontación o el cara a cara, y para dejarle la libertad de mirarme, o no.

Los dos sofás son idénticos y están dispuestos simétricamente a ambos lados de la alfombra: indican que la palabra puede circular libremente y sin obstáculos, en una relación de confianza y de seguridad emocional, de igual a igual. Pero los diplomas en la pared afirman mi condición de profesional, y la mesita colocada cerca del cliente, concebida para responder a sus necesidades, indica que soy yo quien le recibe, para trabajar con él.

PARA IR MÁS LEJOS — El impacto del entorno físico en la relación de coaching: enseñanzas del Supportive Design

Los trabajos de Roger Ulrich sobre el Supportive Design y el diseño basado en la evidencia (Evidence-Based Design) muestran que el entorno físico desempeña un papel determinante en la calidad de las interacciones humanas en contextos de cuidado. Aunque esas investigaciones se realizaron principalmente en el ámbito hospitalario, sus enseñanzas son igual de pertinentes para los despachos de coaching. En su entrevista de 2009, Ulrich insiste en la importancia de fundar el diseño de los espacios de cuidado en pruebas científicas, y anima a tener en cuenta los datos empíricos para mejorar la experiencia de las personas acompañadas.

Es de sentido común tener presente que la disposición del espacio donde se desarrolla una sesión puede influir en el bienestar del cliente, en la calidad de la relación de confianza y, en definitiva, en la eficacia del proceso de coaching. Un despacho de coaching bien concebido se convierte así en una verdadera palanca que facilita el proceso de evolución personal y profesional del cliente.

Principios clave del Supportive Design aplicados al coaching

Reducción del estrés

Ulrich pone de relieve que el entorno debe minimizar los factores de estrés susceptibles de perturbar a la persona acompañada. En un despacho de coaching, eso implica:

Una atmósfera serena gracias a colores suaves y naturales.

Una acústica controlada que garantice la confidencialidad de las conversaciones.

Una iluminación equilibrada, que favorezca una sensación de confort y seguridad.

Favorecer las interacciones y el apoyo social

El diseño del despacho de coaching debe fomentar una relación de confianza entre el coach y su cliente. Eso puede traducirse en:

Un mobiliario que evite toda impresión de jerarquía (por ejemplo, sillones cómodos en lugar de un escritorio que separe a los interlocutores).

Una disposición que favorezca la apertura y la escucha, sin barreras físicas.

Una sala de espera agradable que instaure un clima sereno antes de la sesión.

Y sobre todo, crear un marco de confidencialidad absoluta, esencial para permitir una palabra libre y sincera.

Aportar distracciones positivas

Ulrich subraya que ciertos elementos del entorno pueden mejorar el estado emocional de las personas desviando su atención del estrés o la ansiedad. En coaching, eso se traduce en:

La presencia de elementos naturales (plantas, vistas a un jardín o a un paisaje exterior).

Obras de arte inspiradoras o simbólicas que evoquen el desarrollo personal y el cambio.

Una disposición fluida, sin recargar, que refuerce la sensación de claridad y concentración, llegando incluso a emplear materiales y colores elegidos por su efecto psicológico positivo (por ejemplo, madera y tonos naturales que favorecen el bienestar emocional).

Privilegiar la luz natural, que influye en la regulación del ánimo y en la energía de los clientes.

El lugar del coaching: una exigencia no negociable

La elección del lugar donde se desarrolla una sesión de coaching es un factor esencial que influye directamente en la eficacia del trabajo de acompañamiento. Por ganar tiempo o por razones de presupuesto, algunos coaches o clientes pueden verse tentados a celebrar las sesiones en lugares inapropiados, como las oficinas del cliente, cafeterías o restaurantes.

Ahora bien, esas elecciones plantean verdaderos problemas éticos y prácticos.

Hacer coaching en las oficinas del cliente no es aceptable: crea un desequilibrio en la relación, situando al cliente en terreno conocido, en su marco profesional, donde puede ser interrumpido o influido por su entorno habitual. La neutralidad del lugar es esencial para favorecer la toma de distancia y un trabajo en profundidad. Las cafeterías y los restaurantes son inadecuados: no garantizan ni confidencialidad, ni calma, ni concentración. El ruido ambiente, las interrupciones y la presencia de otras personas comprometen la calidad de las conversaciones y el impacto de las sesiones.

La excusa de la falta de tiempo o de presupuesto no justifica transigir con el entorno: un coaching de calidad se apoya en un marco estructurante y propicio a la introspección. Invertir en un lugar adecuado es un imperativo para preservar la integridad del proceso y asegurar un acompañamiento eficaz.

Me sorprende, todavía hoy, que estos elementos no estén explícitos en los códigos éticos de la profesión.

PARA PROVOCAR SU PRÁCTICA

  • ¿Cómo describiría la atmósfera general de su espacio de coaching?
  • ¿Cómo cree que perciben sus clientes ese espacio?
  • ¿Qué elementos de su entorno contribuyen a que los clientes se sientan a gusto?
  • ¿Qué decisiones ha tomado respecto a su lugar de coaching?
  • ¿En qué criterios ha basado esas decisiones?
  • ¿Qué compromisos ha aceptado?
  • ¿En qué influyen esos compromisos en la calidad de las sesiones?
  • ¿Qué límites percibe en su espacio actual?
  • ¿Cómo afecta su entorno de trabajo a su propia postura de coach?
  • ¿Cómo podría crear un espacio más propicio a la confidencialidad y a la introspección?
  • ¿Cómo podría implicar a sus clientes en la mejora de su experiencia dentro de su despacho?

PARA HONRAR A MI SOFÁ GRACIAS A LAS PRÁCTICAS NARRATIVAS

Érase una vez un sillón turquesa, llamado Murano, instalado desde hacía años en un despacho bañado de luz. Testigo silencioso de los tumultos y triunfos de las almas en busca de sí mismas, sus reposabrazos pulidos por el tiempo parecían murmurar las historias que había recogido, una infinidad de fábulas resplandecientes. Era un sillón de alma antigua, en el que Céline, coach apasionada, se sentaba cada día para guiar a viajeros hacia territorios desconocidos de su propio corazón.

Céline era una arquitecta de relatos, una jardinera de posibles. Sin embargo, había habido tres momentos en que su fuego casi se había apagado, sus pasiones sepultadas bajo la fatiga por compasión y el peso aplastante de normas hostiles. Murano recordaba aquellas noches en que ella había dudado en cerrar la puerta para siempre, los ojos fijos en sus libros, compañeros a la vez mudos y reconfortantes.

Un día, todo había cambiado. Céline había descubierto las prácticas narrativas, esas llaves que abrían talleres de historias alternativas. Había espesado los contornos de su propia leyenda, restaurado su dignidad y reencantado su vida. «Hasta los problemas necesitan amor», murmuraba a menudo, como una invocación. El aire del despacho estaba entonces impregnado de una sutil mezcla de olores: el jazmín dulce y floral, las especias cálidas y embriagadoras, y un toque de incienso que parecía susurrar secretos antiguos.

Murano observaba los cambios. Las sesiones habían tomado un color nuevo, brillante, a veces espolvoreado de humor. Céline manejaba las palabras como destellos de estrellas, evocando baobabs majestuosos para hablar de resiliencia o archipiélagos olvidados para explorar los rincones remotos del alma. Cada sesión parecía un tejido delicado de emociones, relatos y metáforas, un tapiz donde la luz encontraba siempre un camino para atravesar la oscuridad.

Entre sus clientas estaba la Señora Tocanarices, un calcetín franco y directo que no se mordía la lengua, con palabras que a menudo «se habían caído del camión». Céline había logrado, sesión tras sesión, externalizarla del todo, dando a esa personalidad invasora un lugar distinto y delimitado. Desde entonces, la Señora Tocanarices intervenía como aliada crítica, ofreciendo observaciones mordaces pero constructivas. «Algunos problemas tienen el trasero grande», bromeó un día, desatando una risa contagiosa. Las fragancias de incienso se intensificaban entonces, como si los propios objetos se alegraran de esos instantes de humanidad compartida.

Murano formaba parte de un verdadero club de vida, una comunidad silenciosa pero esencial. El reloj de Klimt, con su árbol de la vida, marcaba el ritmo de las sesiones con un tictac paciente, casi cómplice. Los libros, alineados o apilados, murmuraban entre sí como sabios discretos. Hasta la lámpara, que difundía una luz suave, parecía inclinar la cabeza, atenta. Juntos, esos objetos formaban un coro de inmovilidad vibrante, cada uno desempeñando su papel en la armonía del lugar.

Un día, Murano se había permitido una confidencia, más allá del silencio impuesto por su condición de objeto. «Céline, gracias a ti ya no soy solo un sillón. Soy un narrador inmóvil, un aliado discreto en esta danza humana que tú orquestas.» Nunca se había tratado de carne y hueso, sino de la esencia de los encuentros, de la doble escucha que abría el acceso a relatos enterrados. Céline había sonreído, como si hubiera oído. Después había murmurado para sí, o quizá para su fiel compañero: «Las finas huellas que dejamos aquí ahora, tú y yo, bien pueden convertirse en caminos.»

Y así, en ese estuche de luz y perfumes, Murano y Céline siguieron aguzando el oído y espesando historias resplandecientes, tejiendo sueños allí donde antaño reinaba el caos de los problemas.

Y usted: si su sofá pudiera murmurar a la noche, ¿qué secretos de alma y de estrellas ofrecería al silencio?

PARA IR MÁS LEJOS

  • Artículo científico: «A Theory of Supportive Design for Healthcare Facilities», de Roger S. Ulrich, publicado en 1997 en el Journal of Healthcare Design.
  • Entrevista: «Roger Ulrich Discusses Evidence-Based Design In Healthcare», publicada en 2009 en Healthcare Design Magazine, en la que Ulrich aborda la evolución de su teoría y su impacto en el diseño de los entornos de cuidado.
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