Un baby-trauma
Life is like a box of chocolates. You never know what you’re gonna get.
Forrest Gump
And then, I met the president again. ¡La India no!
El año pasado me encontré en la India, cuando me había prometido, jurado y perjurado, que «never again». Ocurrió de forma extraña, casi sin darme cuenta, por grietas de mi conciencia que no vi venir. Era como si el Universo hubiera decidido por mí y mi cerebro hubiera abdicado.
A principios de año me habían propuesto un primer contrato, uno de cuyos módulos debía desarrollarse en Bangalore. No lo rechacé, pero decir que acepté sería falso. En su lugar adopté un comportamiento inusual: negocié un presupuesto muy alto, con una tarifa diaria exorbitante y exigencias de ministra. Tanto que otros coaches me adelantaron y se llevaron el encargo. Alivio.
Seis meses después me piden que responda a una gran licitación. Uno de mis talentos es reflexionar sobre los objetivos del cliente y diseñar dispositivos innovadores, a medida; me encanta. Ganamos la licitación. En la primera reunión con el cliente desplegamos el módulo 1. El cliente está satisfecho y propone pasar al segundo módulo «para hablar del dispositivo en la India».
¡Me caigo de la silla! Había pasado horas estudiando la licitación pero sencillamente no había visto que había un módulo en la India. Al parecer no soy la única de mis colegas en descubrirlo, pero ellos no se sorprenden, puesto que la India es el mayor centro del cliente.
Sola en el ascensor, me invade una mezcla de pánico y de rabia: ¿cómo es posible que no haya leído en detalle las partes administrativas? No solo no es profesional, ¡es que no se me parece! Después de flagelarme a conciencia, mi cerebro se encoge en modo infantil y se pone a buscar pretextos absurdos para escapar de la realidad (mi bisabuela fallecida por tercera vez, etcétera).
En pleno conflicto de valores, decido asumir el módulo en la India: imposible escaquearme, debo cumplir mis compromisos. Intento autoconvencerme de que todo va a ir muy bien. Y la mujer de negocios que hay en mí asesta el argumento clave: por un vuelo de ida y vuelta y una pequeña sesión de tres días allí, el servicio está bien pagado: ¡Céline, haz un esfuerzo!
Pero me engaño: es evidente que un encargo así no se hará de una sola vez, ¡se supone que lo sé! Y sin embargo me invento que es un one-shot: es totalmente absurdo. He hecho decenas de encargos de esta envergadura, y nunca son one-shots. Segunda grieta de mi conciencia, pues…
Al día siguiente me entero, espantada, de que el encargo se desarrollará en Delhi, una de las mayores megalópolis del mundo, una de las más peligrosas y más contaminadas. Es una ciudad que mi marido y yo siempre evitamos cuidadosamente cuando vivíamos en la India. Delhi, «rape city» para los íntimos, es una ciudad extremadamente peligrosa para las mujeres. La violación es una práctica corriente, seguramente la tasa más alta del mundo.
Me protejo eligiendo un vuelo que aterrice de día: una mujer sola no llega de noche al aeropuerto de Delhi. Mis colaboradores me toman por una cosita frágil, lo veo en su manera de mirarme. Me da igual: ellos no conocen la India, yo viví allí cuatro años, sé de lo que hablo.
En el momento de solicitar mi visado profesional en la web oficial del gobierno indio, pierdo de golpe todos mis recursos. Cerebro bloqueado. Crisis de pánico. Me deshago en lágrimas. Llamo a mi marido para que rellene los formularios por mí. En tres minutos he regresado al estadio infantil; ya no soy ni capaz de marcar las casillas de un formulario, no me reconozco.
¿En qué me he metido? ¿Qué ha hecho que una parte de mí consintiera cuando la Céline que soy rechaza este viaje con todas sus fuerzas?
¡Delhi, socorro!
Nunca olvidaré la llegada a Delhi. Cuando el avión se dispone a aterrizar, no es una ciudad lo que sobrevolamos, sino un globo de color negro: ni gris, ni siquiera antracita: negro. La cúpula de Los juegos del hambre. La distopía completa. Al bajar del avión, penetro en una masa de aire espeso, sofocante y casi ardiente. Hace 45° a la sombra.
No es tanto el calor lo que me molesta —de niña viví con mis padres en países muy cálidos— como la contaminación. Es perceptible, palpable, apesta el aire. Imposible engañarse, imposible autoengañarse como en París, donde es inodora. Aquí el olor que reina es el de los gases de escape, del gasóleo, del fuel, del alquitrán, un olor químico, graso y negro, que se deposita en la piel y las mucosas y penetra directamente en los pulmones. Con cada respiración siento que me envenen un poco más.
Lo que me llama la atención es que la gente parece indiferente. Algunos incluso van a trabajar en bicicleta, como en cualquier empresa de Francia. Al día siguiente de mi llegada decido disfrutar de la piscina del hotel. Me pongo el bañador, cojo la toalla y salgo disparada a la azotea; ingenua de mí. El olor espantoso me recibe nada más salir del ascensor. Y sin embargo la piscina es magnífica y hay huéspedes chapoteando alegremente. Me voy a morir si me quedo un minuto más. Vuelvo a bajar a confinarme en mi habitación.
Organizo mi estancia en modo confinamiento, y pienso hacer lo mismo en las siguientes. Todos mis trayectos consisten en respirar el mínimo de aire exterior: aeropuerto-taxi-hotel-taxi-empresa-taxi-hotel-aeropuerto.
Refugiada sola en mi habitación, intento analizar la situación. Un fenómeno extraño me acompaña desde que me vi embarcada (¿atrapada?) —por una o dos piruetas de mi conciencia— en este encargo, y no consigo explicármelo.
De vuelta. Reír o no reír
Unas semanas más tarde, cuando me dispongo a pasar la aduana antes del embarque, nueva crisis de pánico. Estoy segura de que mi billete no va a pasar. Siempre he viajado mucho; estoy acostumbrada a los vuelos de larga distancia, a pasar arcos, a que me registren, a tender mis papeles, a responder a hombres de uniforme. No tengo ninguna razón para temer a la aduana india cuando mis papeles están en regla, he pagado mi billete y llevo un visado profesional y una orden de misión. Y sin embargo estoy al borde de las lágrimas y tengo el estómago en un puño. Sencillamente tengo miedo. ¿De qué? Lo ignoro.
Nada más volver a París, programo una sesión de trabajo con mi supervisora. Identificamos todos los ingredientes de un trauma ligado a la India, y por tanto a mi estancia allí hace diez años, puesto que no había vuelto desde entonces (y había resuelto no volver nunca más…). ¿Qué fue traumático en aquella época? Repaso distintos episodios que me ocurrieron. En efecto, tuve problemas en cada solicitud de visado, pero no creo haberlos vivido como traumas. En mi libro «Las tribulaciones de una coach francesa en la India» describo mis largas estancias en las oficinas de la administración y los intercambios cómicos con los funcionarios indios. Pero los describo en tono burlesco; de hecho recuerdo que nos reíamos mucho, por la noche, cuando le contaba mis aventuras a mi marido.
Cierto, la risa es una defensa. ¿Podría haber servido para disimular un sufrimiento? Recuerdo una escena particularmente dura, sobre la que nunca había vuelto. Es literalmente una escena de interrogatorio, como en las películas policiacas; y yo soy la interrogada. Recuerdo haber pasado cuatro horas con una policía india en una pequeña sala cuadrada, sin ventana, sin más elementos que una mesa y una silla a cada lado. La policía a ratos está sentada frente a mí, a ratos de pie. A veces sale al pasillo, se aleja, vuelve. Ni siquiera me ofrece un vaso de agua. Me somete durante cuatro horas a preguntas sobre las razones que me traen a la India, sobre el porqué de mis frecuentes viajes a Singapur, sobre las razones de mis estancias en París sin mi marido ni mi hija. Respondo incansablemente a sus preguntas, siempre las mismas. Estoy aplastada por el calor. Aguanto, espero a que esté aún más cansada que yo. Acaba por rendirse y me deja volver a casa.
En aquel momento le conté la escena a mi marido riendo, y casi hice de ella un sketch, un monólogo, para hacer reír a los amigos. Pero trabajando con mi supervisora me pongo otras gafas y me doy cuenta de que viví un verdadero interrogatorio, exactamente como si hubiera cometido un acto reprobable, como si hubiera estado metida en un asunto turbio. Yo soy la sospechosa.
Otros episodios me vuelven a la memoria. Una escena en particular. Estamos unos meses después de instalarnos en la India. Es la primera vez que quiero volver a París por trabajo, y debo obtener no sé qué papel para poder salir del territorio indio. Me encuentro en un pequeño despacho mugriento, ante un funcionario que se niega obstinadamente a hablarme: debo venir con mi marido. Cuando volvemos los dos, el funcionario solo se dirige a él y me ignora por completo; me siento literalmente transparente. En aquel momento nos reímos. Hoy me doy cuenta de que fue de una violencia extrema, una verdadera negación: yo ya no existía. Esa escena se repitió varias veces, con algunas variantes, pero el sentimiento de humillación era siempre el mismo.
Mala madre, mala esposa
En cada uno de mis regresos a Francia, los aduaneros me hicieron las mismas preguntas: ¿por qué se va? Su marido tiene un buen puesto, ¿por qué trabaja usted? Y luego alusiones más o menos explícitas a mis deberes de esposa y de madre: ¿quién va a cuidar de su marido? ¿Quién se ocupará de su hija? ¿Está segura de que va a volver? Y yo respondiendo, inventando historias, mintiendo, justificándome, como una niña pillada en falta. Culpable.
Durante cuatro años tuve que pelear por cada visado. Ningún funcionario me mostró nunca confianza ni comprensión. Siempre me hicieron sentir que era una madre indigna y una esposa ingrata, casi una delincuente. Hice reír mucho a mis amigos contándoles mis historias de otro mundo, de otro siglo…
Resistí. Luché. No bajé los brazos, no abandoné, porque siempre pude contar con mi optimismo natural y con mi marido. Podría haber decidido dejar de trabajar, conformarme con el estatus tranquilo de «mujer de expatriado». Pero eso nunca estuvo sobre la mesa. Cuando aceptamos irnos a Bangalore hace diez años, el trato con mi marido era: de acuerdo con una expatriación a Bangalore, a condición de que yo siguiera trabajando. Lo conseguí, ¡y estoy bastante orgullosa!
La desventura de mi hija Lilou, dejada en pleno campo por el conductor del autobús escolar cuando tenía siete años y no hablaba una palabra de inglés, podría haber terminado de forma dramática. Hoy pienso que no le di la suficiente gravedad. Decidimos darle un teléfono móvil, aunque su colegio lo prohibía. Lilou siempre ha contado esas historias a sus amigas riendo; pero las cuenta a menudo.
De vuelta en Francia la llevé a una terapeuta para algunas sesiones de EMDR que le sentaron bien. Al inicio de la terapia, la psicóloga pidió hablar conmigo a solas. Me reprochó literalmente haber dado un móvil a mi hija de ocho años. Otra vez era culpable: una madre indigna, irresponsable, inconsecuente e inmadura. Esa vez no me justifiqué, y perdí los estribos. Pero, otra vez, ¡qué sentimiento de humillación!
¡Qué suerte!
La otra mirada, que también recibo bastante mal, es la de mi entorno: «¿Te vas a la India? ¡Qué genial! ¡Qué suerte!». Y a la vuelta: «¡Te habrás puesto las botas con la cocina india! ¿Fuiste de compras?». Ignoran que hice todas mis comidas en el hotel y unas compras en el duty-free del aeropuerto… Otros me sugieren prolongar la estancia para recorrer el país. Intento explicar que no, que una mujer sola no hace turismo en la India, y que no, que la India no es un país de ensueño. Imposible hacerles entender que cuando estoy allí solo tengo un deseo: ¡volver a París!
También aquí las consignas sociales tienen la piel dura: para los occidentales que somos, un viaje profesional al extranjero es forzosamente una buena noticia. ¿Cómo no aceptar semejante regalo? Así que paso por una ingrata, una caprichosa, una niña inmadura que se permite escupir en el plato en el que come.
Mi trabajo en supervisión
Mis sesiones de supervisión me permitieron sacar a la luz e identificar los acontecimientos traumáticos vividos durante mi expatriación en la India. En mis cinco años allí sufrí un verdadero acoso, con sus principales ingredientes: agresiones repetidas, culpabilización, insinuaciones, acusación, desvalorización. Por suerte, mi marido siempre me apoyó y me sirvió de testigo benevolente. Sin ese testigo exterior no habría salido tan bien parada.
Mi sentido del humor hizo el resto. En cada regreso a París, sola ante mis amigos parisinos, puse en escena esas situaciones absurdas e inimaginables, las interpreté como comedias, para hacerles reír y para que reencontraran a la Céline divertida y chispeante que quieren. Entre bastidores, al otro lado de la frontera, estaba la otra Céline, la Céline invisible que la sociedad india me ordenaba ser. Aguanté gracias a dos fuerzas: mi marido como pasaporte, mi humor como permiso de residencia.
Extracto
— «Estoy bien. Pero justamente es lo que quería trabajar hoy en supervisión. Me he tomado tiempo para escribir; estoy con mi cuarto libro. Es la continuación de las Tribulaciones, y me doy cuenta de que todo lo que escribo es mucho menos divertido.
Las Tribulaciones tenían un lado burlesco, un tono en general ligero. Ahora ya no es así. Todos los casos que traigo son más pesados. Ya lo habíamos hablado en supervisión, y en un momento mi supervisora usó la palabra “turbulencias”. Esa palabra dejó una huella en mí. Hay algo alrededor de eso, de las turbulencias en mi vida, en mi práctica de coach, con los clientes que encuentro.
Y luego está la India. Vuelvo a la India por mi gran contrato. No quería volver, y sin embargo vuelvo. Fui dos veces el año pasado, y voy a ir dos veces este año. Así que empecé a escribir un caso sobre eso, y me vino una pregunta: “¿Mis cuatro años en la India dejaron una huella, un trauma?”
No es un choque puntual. No es un drama. Es algo que se infiltra. Un impacto difuso. Una repetición. No es gran cosa, pero es todo el tiempo, todo el tiempo, todo el tiempo. Quiero poner palabras a eso. Me gustaría entender.»
— «Esta reflexión empezó hace un año y medio, cuando otro cliente me propuso un encargo en la India. No quería ir. En lugar de decir no, negocié una tarifa tan alta que sabía que la rechazarían. Y dijeron que no. En el momento sentí alivio. Pero me cruzó otro pensamiento: “¿Por qué no has dicho simplemente no, Céline?”. Luego llegó este contrato. La India volvía otra vez. No quise mirarlo muy de cerca. Y entonces se manifestó una primera señal.
Tuve que hacer mi visado en línea. Me encontré delante del ordenador y ahí, pánico. Imposible teclear mi apellido, mi nombre, mi fecha de nacimiento. Cosas elementales. Me dije: “Si me equivoco en la ortografía, si me olvido de un acento, me van a rechazar el visado y va a ser un infierno”. Mi cerebro se bloqueó. Hasta el punto de que tuve que llamar a mi marido. Lo hizo él. Y yo enterré eso en algún sitio diciéndome: “No es más que un formulario. Céline, ¿qué te pasa?”.
— «Lo olvidé. Hasta que escribí.»
— «¿Y ahí, al escribir, volvió la pregunta?», pregunta mi supervisora.
— «Sí. Me pregunté si…»
Me interrumpo.
— «No sé si es un trauma. Pero hay una carga, algo que se ha acumulado. Como un cansancio que no se va.»
— «¿Qué viviste allí que podría explicarlo?»
Reflexiono.
— «Lo que me desconcertó es que nada ocurre como estaba previsto. Tengo la sensación de haber vivido en una incertidumbre permanente. Una simple cita podía convertirse en un rompecabezas. Recuerdo una cita en el oftalmólogo: normalmente, treinta minutos de trayecto. Tardamos tres horas. Yo no podía conducir, así que cada mañana ni siquiera sabía si mi chófer iba a estar. Si iba a poder salir. Si iba a poder hacer lo previsto.»
— «¿Y en esos momentos, qué sentías?»
— «Angustia. Y ahora igual: me digo que el avión va a explotar, que el taxi llegará tarde, que tardaremos tres horas… En mi cabeza… bueno, en mi corazón, tengo la sensación de que mi vida está en peligro.»
— «Y esa huella, ¿está ligada a la India, o podría engancharse a otra cosa?»
— «No lo sé. En realidad… debió de empezar antes. Antes de aceptar ir a la India hicimos un viaje de exploración. Y el azar de los calendarios hizo que yo estuviera antes en misión en Argentina. Figúrate que hice Buenos Aires-París, y luego París-Bangalore para reunirme con Ben. Y en ese viaje… pasaron un montón de cosas. Me robaron el teléfono en Roissy, en la sala de embarque, justo después de la aduana. Y al llegar allí… Me consume volver a hablar de ello. Seguro que empezó ahí.»
— «¿Qué empezó ahí?»
— «Mi marido llegaba tarde. Había atascos. Tardó tres horas en lugar de dos en llegar al aeropuerto. Y yo… no tenía ningún medio de localizarlo. Ningún medio de localizarlo y… recuerdo el primer instante de pánico cuando salí del aeropuerto. Había gente… pero muchísima, muchísima, muchísima… Eran las dos de la mañana, vuelo de Air France, normal. Escaneo la multitud. No está. Vuelvo a escanear. Sigue sin estar. Y ahí me dije: joder, estoy sola en el mundo. Quería volver a entrar en el aeropuerto, pero no podía. Una vez fuera, hace falta un billete para entrar. Así que acabé en el pequeño bar de enfrente… esperando… sin ningún medio de decirle dónde estaba. Duró 45 minutos. Después me parecieron diez años. Luego empecé a pensar. Pillé a un guardia de seguridad, le pedí su teléfono, intenté llamar. No contestaba.»
— «¿Qué te atravesó en ese momento?»
— «En mi cabeza era: soledad. … El chófer, a veces, se largaba. Normalmente se suponía que debía estar ahí por si acaso. Pero a veces desaparecía. Después lo despedí.»
— «Los que se supone que deben estar… no están.»
— «Sí.»
— Si te quedas ahí, si dejas resonar esa frase… ¿a qué otro tipo de experiencia de tu historia te podría enviar todavía?
Cuento
— «Y si miras esas situaciones… ¿qué tienen en común?»
— «Espero a alguien. Y esa persona no está.»
— «Y entonces tú, posiblemente, por lo que acabas de contarme, lo que hiciste fue cerrar tu miedo con llave. Introyectaste fuerza. La que no tiene miedo eres tú.»
— «Si la miras hoy… ese miedo, esa parte de ti que lo cerró con llave… ¿qué tendrías ganas de decirle?»
— «Quizá esa parte de mí… He cerrado con llave un montón de cosas, pero… ella tiene derecho a existir. Pero al mismo tiempo… estoy en contraste conmigo misma. Hay momentos en que tengo canguelo y sé que no debería. Y otros en que tengo razón en tener miedo. Hay veces en que no debo tener miedo. Pero también hay veces en que es completamente normal. Un atasco de tres horas nunca ha matado a nadie. Así que ahí, tener miedo no es normal. Pero cuando llega el autobús y mi hija no está dentro… Sí. Ahí es normal tener miedo.»
— «¿Y ahora qué te dices?»
— «Que me conté una historia falsa.»
— «¿Cuál?»
— «Que tengo demasiado miedo por nada.»
— «¿Y si fuera… otra cosa?»
— «Está bien tener miedo. Pero el miedo no es todo o nada. Hay grados. Hay un miedo pequeño. Un miedo grande. Un susto. Un terror. Un abanico.»
— «Es interesante. Porque al decirte “tengo demasiado miedo por nada”, sigues negando algo, ¿no? Es como si, cada vez que te lo dices, reforzaras la disociación.»
— «Sí…»
— «Porque ese miedo, el que amordazaste, no se ha ido. Sigue ahí.»
— «Sí.»
— «Esa niña que aprendió a no tener miedo… hizo algo heroico. Se olvidó de sí misma para que los demás se mantuvieran en pie. Pero si hoy tú, la adulta, pudieras acoger esos miedos… ¿qué pasaría?»
— «Me quedo con la palabra heroico. No sé: yendo a la India, ¿soy heroica? ¿O me estoy olvidando de mí misma una vez más?»
— «Entonces, esto es lo que tenemos. Esa angustia que llamas tu paranoia… no es paranoia. Es una angustia. Una angustia de que el avión explote, de que las cosas se tuerzan… Y esa angustia es una reactivación de una parte de ti que fue amordazada. Por tu bien. Por el bien de los demás. Esa parte se activa un poco como una energía que busca hacerse oír.»
— «¿Cómo te sientes ahora?»
— «Me viene bien desplegar un poco todo esto. Y tomar conciencia de ello me hace bien.»
PARA CAVILAR
«Competencia reflexiva al servicio de la práctica»
La competencia reflexiva es la capacidad de volver sobre uno mismo para analizar lo que se siente ante un cliente o una situación de grupo. El hábito de trabajar sobre uno mismo da una base sólida a esta práctica reflexiva, y el recurso a la supervisión la consolida. El espacio de supervisión debe dedicarse a esa toma de distancia. Permite fortalecer la competencia reflexiva para progresar en la práctica profesional. Tiene un gran valor, que beneficia directamente al cliente.
La consigna social de mostrarse feliz cuando uno consigue un encargo en el extranjero me llevó a interrogarme sobre la imposibilidad de explicar que el encargo en cuestión no es del todo una buena noticia. ¿Qué hacer, cómo comportarse? ¿Guardar silencio? ¿Intentar explicar? ¿Mentir? Ninguna de esas actitudes se me parece. Conflicto de lealtad interior, línea divisoria entre mi yo profesional y mi yo íntimo. Cuando en mi práctica me precio de unir y armonizar ambos, de ser justa y sincera.
Reflexionar sobre esta experiencia me ha servido en mi oficio; ha abierto un lugar de curiosidad adicional respecto a mis clientes. Ahora hago la pregunta: lo que me anuncia (ese puesto en una gran marca de lujo, por ejemplo), ¿es una buena o una mala noticia? Al hacerlo, ofrezco a la persona un espacio seguro para decir que no, que en el fondo no se alegra de ese futuro puesto, aunque sepa que debe anunciarlo con orgullo y alegría para conformarse a la norma social. Como un falso self.
PARA PROVOCAR SU PRÁCTICA
Mire de cerca una situación que le active, en el miedo o en la ansiedad, por ejemplo
- ¿Qué acontecimientos pasados pudieron influir en su reacción ante esa situación?
- ¿Cómo reacciona su cuerpo cuando vuelve a pensar en esa experiencia?
- ¿Qué mecanismos de protección pone en marcha para afrontarla?
- ¿Cuál es el miedo subyacente que le habita en esa situación?
- Si pudiera dar voz a ese miedo, ¿qué le diría?
- ¿Cómo distingue su intuición, o un trauma, de un simple guion ansioso que toma el control?
- ¿Cuáles son sus señales internas que le indican que está cayendo en un estado de ansiedad intensa?
PARA IR MÁS LEJOS
- El cuerpo lleva la cuenta — Bessel van der Kolk. Este libro explora cómo el trauma se inscribe en el cuerpo y en la mente.
- Miedo: vivir en el presente para superar nuestros temores — Thich Nhat Hanh. El célebre monje budista aborda el miedo desde un ángulo espiritual y meditativo.
- Curar el trauma del desarrollo: el método relacional neuroafectivo — Laurence Heller & Aline LaPierre. Este libro presenta el Modelo Relacional Neuroafectivo (NARM), un enfoque terapéutico que ayuda a comprender y sanar los traumas de la infancia y su impacto en nuestra vida adulta.



